jueves, 1 de noviembre de 2001

La Reflexión de la Semana

Un mes más que logra escapársenos. Atónitos, lo vemos deshacerse en días desperdiciados y no ser ya otra cosa sino recuerdos. Corremos a recuperarlo, nuestras torpes piernas desesperadas por vencer el olvido. Pero ya se ha ido, y un nuevo mes nos sonríe, malicioso: “También me perderás a mí, muchacho”.

Hemos sepultado tantos meses, indolentes ante cada partida como ante todo... Y no alcanzamos a comprender que cuando despidamos el último día habremos de llorarlos a todos de una vez, en una lágrima final que seguramente tendrá el gusto amargo del arrepentimiento.

miércoles, 12 de septiembre de 2001

La Reflexión de la Semana

Si bien siempre tratamos de creer la mentira, de revocar a fuerza de voluntad y acostumbramiento su evidente falsedad, tal vez nunca dejamos de saber que tarde o temprano habría de caer.

El estruendo de dicha caída ha sido espantoso.

Ellos, los otros, nos fabricaron la mentira para que pudiésemos vivir tranquilos, sin preocupaciones, dedicando nuestras horas a dejarnos violar por ejecutivos de cuentas e intereses anuales. Nos prepotearon una enorme muralla de cartón pintado, y custodiaron su integridad con balas de goma, boletines oficiales, refutaciones históricas y paparruchadas varias. Alquilaron opiniones públicas para distraer nuestras ideas y nos mandaron por correo los balances y presupuestos de nuestras ilusiones.

Nacimos en medio de la mentira y terminamos por aceptarla y pregonarla. Con el tiempo olvidamos que mentira era, y a falta de falacias más convincentes la disfrazamos de verdad.

Funcionó durante algún tiempo. Creímos que estábamos seguros. Creímos que la desgracia nos era ajena, que ellos nos protegerían de la peste y la desnutrición, del sida y la guerrilla, de las armas químicas, de la navaja en los riñones a cambio de cinco pesos y dos caramelos Tic-tac. Escudamos a nuestros hijos tras la boleta de la luz y del alumbrado; pagamos el seguro del monopatín y respiramos tranquilos. Regalamos nuestros pibes en Malvinas y nos consolamos en nombre de la patria, de Dios y de los próceres versión Santillana.

Y ellos, mientras tanto, agregaban un subsuelo más a sus guaridas, rezando que el día no llegara antes de que pudieran cerrar la escotilla y refugiar sus traseros fruncidos de terror.

Viendo cómo se derrumba la mentira ante las cámaras, oliendo la sangre, la carne quemada, el llanto sorprendido de los que se salvaron por un pelo, somos tan idiotas que nos preguntamos cómo pudo pasar esto.

Nos regalamos un segundo y reflexionamos.

Pensamos en nuestras propias pantomimas; en los piquetes y en las gomas encendidas en las esquinas. En los escraches y en las huelgas de hambre. En mostrar hoy la cintita negra que mañana nos servirá de pañuelo.

Miramos el mapa y suponemos que más allá del horizonte también hay gente. “¿En qué idioma hablarán?”, nos preguntamos. “¿Tendrán alma, como nosotros? ¿Llegará hasta allá la cigüeña?”, nos decimos, mirándonos incrédulos.

La segunda explosión resuena en los televisores como el sí desesperado de un dios harto de nuestra ceguera. Volvemos a mirar el mapa y ya no vemos un punto y una leyenda. Ahora vemos personas. Gente tan desesperada como nosotros. Otra gente, pero no son “los otros”.

Y los otros están cerrando despacito la cortina del balcón famoso, bajando las escaleras de puntillas y metiendo la cabeza en un agujero. Los otros se están llenando los bolsillos con sus (nuestros) tesoros para salir rajando cuanto antes. Los otros nos están diciendo que nos quedemos tranquilos al tiempo que el helicóptero parte hacia algún lugar seguro.

Nos miramos los unos a los otros y comenzamos a comprender. La mentira de deshace; se deshace como una telaraña castigada por el huracán inevitable de una desesperación que deberíamos estar sintiendo nosotros.

Vemos el humo y los cadáveres; los heridos; los escombros. Ellos han recibido el mensaje, pero la sangre que se filtra hacia el seno de la tierra es sangre inocente. Once mil almas tan llenas de ilusión como las nuestras se extinguen para que ellos abran los ojos.

¿Lo consiguieron? ¿Han comprendido por fin? ¿Han comprendido que no pueden mantener sus instituciones de espuma por siempre, que la fantochada tarde o temprano acabará por deshilacharse?

Mientras los otros deciden qué bomba usar como represalia, nosotros debemos interpelarnos con honestidad. ¿Quiénes son las víctimas? ¿Quiénes son los responsables? ¿A qué bando pertenecemos nosotros?

Las respuesta no puede ser otra.

Nosotros somos las víctimas. Somos víctimas de las explosiones que resuenan en la otra punta del continente, y de los piquetes que no nos dejan cruzar el riachuelo. Somos víctimas de las lluvias de bombas que caen en África y del impuesto al caramelo que nos cobran para pagar un campo de golf y un casamiento a todo trapo. Somos víctimas de esto y aquello. Somos víctimas de los otros y de nosotros mismos.

Los responsables son ellos, los otros. Los que nos piden disculpas cuando los tapa la porquería. Los que nos prometen el paraíso cuando nos morimos de hambre. Los que tirotean a nuestros hermanos en África, en Vietnam, en Ucrania, en el Golfo, en España, en Colombia, en Ecuador, en Brasil, en China. Los que nos robaron el continente cuando corríamos medio desnudos por la selva, revoleando piedras y flechitas.

Los que masacraron a los pibes en Malvinas. Los que nos robaron treinta mil padres, hermanos, madres, tías, amigos y colegas hace veinticinco años.

Los que nos venden su libertad prefabricada, sus modelos sociales, sus asesinos seriales, sus flagelos, sus prostitutas, sus predicadores y sus píldoras para recordar que olvidamos tomar alguna otra píldora inútil: una canasta familiar de oferta que nos meten por la nariz, por los ojos, por la boca, mientras un payaso nos distrae con morisquetas y un turro nos vacía la billetera y el corazón.

Los que se insultan para la foto, y después se bajan un vino en la suite. Los que esgrimen muecas de dolor para afanar un voto más. Los que ordenan masacres en pijama y con pantuflas, ebrios de whisky y poder. Los que organizan revoluciones desde una cueva y mandan a sus hijos de cinco años a sembrar bombas en hospitales y escuelas. Ellos, los otros, son los responsables.

En cuanto al bando al que pertenecemos… es el único bando que vale la pena defender. El bando de nuestra familia. El bando de nuestros amigos. El bando de nuestros hermanos latinoamericanos. El bando de nuestros hermanos de África, Asia, Europa y Oceanía. El bando de los que mueren en atentados. El bando de los que quedan en el campo de batalla. El bando de los oprimidos, de los hambrientos, de los enfermos, de los locos. El bando de nuestros abuelos, de nuestros nietos. El bando de nuestras miserias, de las ilusiones que nos robaron pero que esperamos recuperar.

El bando de la justicia.

El bando que tarde o temprano va a triunfar.



Dedicado a quienes – a lo largo de la historia - han entregado su sangre y su futuro por un pedazo de pan, una ilusión de libertad, o un poco de paz.

jueves, 16 de agosto de 2001

La Reflexión de la Semana

Nos rodean.

El círculo es cada vez más estrecho; nos asfixian poco a poco, casi sin que lo notemos. Nos sacan el aire mientras nosotros nos preocupamos por caerles bien.

Y ellos, los de afuera, nos sonríen, por supuesto. Nosotros, imbéciles y crédulos, pensamos que hemos conseguido su gracia. Pero ellos conocen - y nosotros no sospechamos – la realidad tras la mueca. Saben que no nos sonríen, sino que se ríen de nosotros.

Nos compran.

Primero compran lo que no tenemos. Luego nos venden el deseo, la tentación de tantas porquerías. Y nosotros compramos. Nuestra voluntad ya no es nuestra.

Luego compran alguna chuchería que sí tenemos, y entonces esa chuchería ya no es nuestra. Perdemos nuestras idioteces.

Más tarde nos convencen de que sería un buen negocio venderles alguna cosa un poco más importante. Un pulmón, por ejemplo. O una hija. La abuela va de regalo, ¿para qué la queremos?

Pronto han comprado tantas cosas nuestras, que no tienen lugar para guardarlas. Nos solicitan amablemente que se las guardemos durante algún tiempo; son tan buenos clientes que no podemos negarnos.

Nos dejan toda su basura en el jardín, sonriendo; siempre sonriendo.

Y nosotros también sonreímos… pero ahora ya no es un gesto, sino una mueca. Una mueca de inquietud. Por primera vez nos preguntamos si habremos hecho bien en vendernos. Rápidamente bosquejamos un inventario de lo que nos queda, en un afán desesperado de aferrarnos a nuestras últimas pertenencias. La lista sólo tiene un par de renglones: lugar suficiente para anotar nuestro número de documento, la ropa que llevamos puesta y nuestra última migaja de dignidad.

Decidimos que es hora de terminar con aquella feria barata, y corremos hacia nuestros hogares para atrincherarnos. Vemos – ¡demasiado tarde! – que nuestra casita blanca, con jardincito y chimenea (junto con las de nuestros vecinos), se ha convertido en un fabuloso centro comercial.

Nos miramos los unos a los otros, y nos preguntamos dónde iremos a vivir ahora. Es entonces cuando comprendemos la jugada maestra, el golpe genial. Desde debajo de una baldosa se infla un muñeco vestido de traje; reparte una papeleta entre los vecinos y nos tiende una lapicera a cada uno.

Algunos firman. Los meten en una camioneta, y se los llevan a alguna ratonera.

Pero quedamos quienes rompemos el contrato, y reventamos el muñeco con las lapiceras. Comenzamos a gritar. Agarramos palos; armamos bombas en botellas de vino y nos llenamos los bolsillos de piedras para la gomera. Enfilamos hacia el centro comercial, decididos a demolerlo, a recuperar nuestro inventario y nuestras vidas.

Un ejército pintado de una bandera que no es la nuestra nos corta el paso, nos reduce con armas fabricadas acá a la vuelta, vistiendo uniformes tejidos en la otra cuadra. Nos intiman a retirarnos, a firmar. Levantamos nuestro propio papel, el inventario de nuestras cosas (las últimas) con la esperanza de que comprendan que no pueden ganarnos, que no hemos vendido todo.

Nos señalan con el dedo y se cagan de la risa.

El muñeco vuelve a inflarse. Nuevos contratos y lapiceras son lo único que vemos entre las lágrimas.


No sabemos adónde va la camioneta, pero seguramente no es territorio argentino.


Dedicado a todos aquellos que no faltan el respeto, y así respetan también la memoria.

No solo el amor inquieta al alma sensible, muchachos.

domingo, 8 de julio de 2001

La Reflexión de la Semana

Por fin hemos decidido que estamos hartos. Indignados ante la batata política, ante la poda sanguinaria y sistemática de nuestros chanchitos, empezamos a juntar palos.

Amontonamos neumáticos en una esquina y en la otra. Los prendemos fuego y acorazamos la cuadra. Protestamos porque el basurero no pasa todos los días, porque el almacenero se quedó sin caramelos Fizz, porque ya no se venden las figuritas “Basuritas”. Enarbolamos la bandera, nos tatuamos símbolos patrios en la frente y salimos a revolear fruta podrida. Acto seguido, maldecimos a los políticos, a sus familias respectivas, a las instituciones en las que reptan, al país que cobija esas instituciones, a la historia que forjó la necesidad de ellas, a los próceres que fabricaron nuestra historia, a los indios que poblaban la pampa por ser indios y por poblar la pampa.

Superamos nuestra barricada y explotamos. Llegamos a la esquina y vemos que el barrio es un campo de batalla. Las viejas se tiran de los pelos. Los viejos se dan piñas y se agachan para buscar la dentadura. Los pibes se dan con la gomera y sus padres ya están cargando la ametralladora.

Nos miramos los unos a los otros y comprendemos que hemos perdido algo; un factor esencial de nuestra identidad que nos hacía compatriotas, y cuya falta nos rebaja a monos de culo pelado que se matan a piñas para merendar un piojo mugriento.

Tiramos los palos al fuego, decididos ya a buscar la paz. Cuando se hubieron consumido, apagamos el fuego de los neumáticos.

Hablamos con los combatientes y reducimos sus llamas también. Los viejos se levantan, los niños les alcanzan las dentaduras perdidas. Los hombres se abrazan, húmedos de alegría. Las viejas se peinan y chusmean alguna pavada. Todo ha vuelto a la normalidad.

¡Pero a no olvidar!, nos decimos. Unos cuantos nos unimos y organizamos una movilización pacífica. Juntamos miles de personas, unidas todas ellas por un sentimiento de confraternidad. Las lideramos en el camino de la bondad, predicando moralidad de la buena por los mismos medios que antes usábamos para despotricar contra nosotros mismos.

Nos convertimos en amigos de todas las cosas, redentores absolutos, jueces imparciales, ejemplos para la posteridad. Nos envolvemos en ropajes blanquicelestes e invadimos Plaza de Mayo. No clausuramos, sin embargo, ningún acceso a ninguna parte.

Nos hacemos oír. Cantamos el Himno Nacional a viva voz, plenos de orgullo y pasión. Nuestras lágrimas alimentan un río único que barre los sedimentos de nuestra ceguera, de nuestra impotencia.

Somos la Nación. Somos la Patria. Y hemos venido por lo que nos corresponde.

Entonces salen ellos, los otros. Nos sonríen sus sonrisas de marfil y dibujan ademanes circenses en la niebla de invierno. No les damos pelota y seguimos con la nuestra. No entienden que no estamos aquí por ellos. No entienden que ya no importan, porque hemos encontrado otro camino.

Pero pronto se les hace evidente que esta movilización no es como las otras. Se miran entre ellos y comprenden que esta vez están jodidos, acaso. Levantan el teléfono rojo y aparece la caballería.

Humo, balas de goma y palazos en la nuca. Somos muchos, pero estamos agotados. Nos dispersan la voluntad en una estampida de fuerza de choque.

Volvemos al barrio y restauramos la barricada a las apuradas. Ahora sólo queremos protegernos. Nos ocultamos y rezamos por que no nos persigan. Ellos, viéndonos derrotados y miserables en nuestras madrigueras, vuelven a sus cuevas oscuras.

Comprendemos que no podemos sembrar si la tierra está llena de piedras y hierba mala. Y sabemos también que el único arado que servirá en este campo se carga con pólvora. Pero no somos soldados. Somos simplemente gente. Y no queremos ver a nuestros pibes de cinco años manejando un fusil que pesa dos veces más que ellos.



Entonces nos resignamos y volvemos a empujar la rueda.



Pero la sombra que nos envuelve ahora ya no es la misma; cicatriza en ella la esperanza de que, algún día, surja un héroe que nos enseñe a gritar sin tener que despojarnos de nuestro traje de buena gente.



(Dedicado a esos próceres contemporáneos y anónimos cuya férrea voluntad riega el orgullo de nuestros hijos, y dibuja en el pizarrón de nuestra sociedad ávida la ecucación perfecta de la bondad.

Quiénes son, no lo sé. Cuántos o bajo la sombra de qué árbol se amparan, tampoco. Pero hay que apostar por su existencia de todas formas.)

sábado, 9 de junio de 2001

La Reflexión de la Semana

Basta de urgencias.

Quiero una vida de paz, de largos paseos por la llanura, de paisajes eternos y de música serena. Quiero antiguos caminos que me lleven hacia parajes olvidados, cuya visión sea un recuerdo ajeno transfigurado por cristales de nostalgia. Quiero amores imposibles que me limpien de dolor y realidad, que me eleven en gráciles fantasías de mundos florecientes de caricias y susurros, de miradas perdidas en el alma de profundas simplezas. Quiero acordar una fértil amistad con las criaturas que viven a mi alrededor, brindarles mi presencia y regocijarme en la suya. Aceptar mi condición de efímero y abrazar cada segundo con una lágrima de adiós.

Quiero vivir por y para lo demás, por y para mí mismo, en una comunión tan firme, tan amable y desinteresada que, en el momento de mi partida hacia el país oscuro, cielo y tierra lloren una despedida alegre de lluvia y viento, sol y flores. Quiero que vivir en todos, y sentir la esencia de todos dentro de mí, como incontables voces cantando sin palabras ni música una melodía de confraternidad.

Quiero ser un pasajero alegre y feliz en este mundo; alejarme de él con la certeza de haber aprendido algo, con el orgullo de haber enseñado un poco más, y con la esperanza de que, en algún momento entre la muerte y la eternidad, un ángel rescate mi esencia de la nada y me haga brotar nuevamente a la vida. Pero esta vez como un ave de colores, como una flor en primavera, o acaso tan solo como un amigo de todas las cosas.


P.D.: Saludos a todos. Que tengan un excelente fin de semana, que hagan valer sus horas, y que no olviden el consejo de mi amigo personal Jerry: "Tú eliges cómo vivir tu vida".

Nada más.