miércoles, 14 de julio de 2010

Intolerancia e indignación

Hoy leí dos cosas en los diarios. Primero, que hubo una marcha contra el matrimonio entre homosexuales. Segundo, que lo que se está proponiendo como "unión civil" es una figura paralela al actual "matrimonio", con menos derechos. Me indigné, y he aquí la reflexión correspondiente.

Este tema me agota. Me agota por la intolerancia, la estupidez, la falta de educación, el oscurantismo y la poca de capacidad de análisis que revela en un sector de la población. Pero se hace menester insistir. Insistir hasta que quede claro y aunque algunos nunca puedan entender. Insistir como sea, cada uno desde donde pueda, porque el cansancio de los justos es la última línea de defensa de los imbéciles.

Señores que han considerado prudente unirse a la deplorable y retrógrada marcha contra el matrimonio gay, pretendiendo en el camino darle tintes "positivos", atribuyéndose el cargo de defensores de la niñez, la verdad, las virtudes y todo lo que es puro en esta planeta: dense cuenta de algunas cosas.

Hace algún tiempo se cometió el desliz de incluir en el texto del código civil la palabra "matrimonio". El error es entendible y hasta disculpable. Como ya hemos explicado, la relación entre la legislación y los usos y costumbres es estrecha, así como lo es - aunque cada vez menos - el vínculo entre religión y usos y costumbres. Se prestan términos, se transfieren conceptos. "Matrimonio" fue uno de ellos. Pero los usos y costumbres cambian. Hoy entendemos que la legislación debe estar - permítaseme la sutil elección de palabra - divorciada de la religión. No porque profesar una religión sea algo inherentemente malo, sino porque nuestra sociedad, que pretende ser inclusiva, igualitaria, tolerante, debe estar legislada con esos objetivos en mente, y no con las subjetividades de algunos.

Parte de ese "todos" son los homosexuales. Por mal que les pese, que cierren los ojos, que se tapen la cabeza con la sábana. Los homosexuales son tan habitantes, ciudadanos, trabajadores y por supuesto tan personas como ustedes mismos. Y también los habrá tan ignorantes, discriminadores, vagos y degenerados... nuevamente, como algunos de ustedes. Poco me importa si para algunos la homosexualidad es una aberración, una degeneración o un peligro para la moral. A mi me da igual la homosexualidad, me tiene sin cuidado. No me importa. A mi entender, es en sí misma un no-conflicto. Pero la única Argentina en la que quiero vivir es una Argentina que defienda mi derecho a ser como yo quiera ser, a la vez que defiende el derecho de mi vecino a ser como se le ocurra.

En varias cosas yerran sus criterios, señores.

Eligen no entender razones. Los ménos lúcidos de ustedes dicen: "esto ha de ser así porque así lo quiso Dios". Una cobardía. Un recurso desesperado. Un camino ya tan atravesado que aburre y no conduce sino a laberintos tristes. Les pido encarecidamente que piensen. Equivóquense si hace falta, tropiecen a cada rato. Pero que cada tropiezo sea en el camino de la verdad, no en el del orgullo ciego.

Cuando los forzamos a enfrentarse a las razones, pretenden que la siguiente comparación sea válida: "si tenemos que permitir cualquier cosa, ¡entonces tenemos que permitir la pedofilia!". Les imploro que dejen el cinismo. No se trata, señores, de permitir cualquier cosa. Se trata de permitir lo que es justo y a la vez impedir lo injusto. De ninguna manera es equivalente permitir el matrimonio entre homosexuales a fomentar la pedofilia. Asimilar esas dos ideas sería igual a decir "existen curas que han abusado de niños, por lo tanto vender estampitas de San Expedito es una atrocidad".

El no-problema de la etimología de la palabra "matrimonio" se resuelve cambiando esa palabra por otro término. Ojalá que así ocurra, para acallar de una buena vez cualquier reclamo patético. Y es por eso que el término "unión civil" (no así el contenido de la propuesta de ley que lleva ese nombre) es muchísimo más apropiado: porque lo único que vale la pena legislar son los derechos de las personas, no la forma que tenemos de referirnos a ellos.

Leí en los diarios de hoy el lema de la marcha contra el matrimonio gay. Dice así: "Los chicos tenemos derecho a una mamá y a un papá". Piensen, piensen un poco, por favor. Su lema es, cuando menos, débil. Tener esos chicos derecho a "una mamá y a un papá" no significa nada en el contexto de la ley de matrimonio gay. ¿O ustedes creen que a los chicos adoptados por una pareja de homosexuales van a ser concebidos por la Gracia del Espíritu Santo, o los va a traer la cigüeña? Madre y padre biológicos tienen, y van a tener(*). No es un derecho, señores, es un hecho inevitable de la condición de ser humano.

Pero quizás me confundo, y ustedes se referían a algo como esto: "Los chicos tenemos derecho a una familia." ¡Pues familia tendrán! Y pueden estar seguros de que no será peor que tantas otras familias que cumplen con sus requisitos de género y número pero ni uno solo de los realmente importantes: alimentar a los hijos, educarlos, amarlos. Sepan que nadie adopta hijos para maltratarlos. Y dejemos de lado las profundas reflexiones de la señora Mirtha Legrand, que se pregunta con toda candidez y soltura de cuerpo si no será posible que un padre homosexual viole a sus hijos. Claro que sí, señora. Como ser posible, es posible. Tan posible (y no más) como que lo haga un padre heterosexual, o un cura, o un director de escuela.

Pero quizás me dirán ustedes que vuelvo a confundirme, y que buscan para los chicos una "familia normal". Y los miraré esgrimiendo una duda, pues sospecho - ya me lo han demostrado antes - que al decir "normal" se refieren a que han proyectado su pequeña porción del mundo, creyendo que es la única válida, y que el resto era - y debía ser - igual. Ustedes quieren que "anormal" sea indistinguible de "depravado"(**), y eso no voy a permitírselo.

Un último comentario. Esta ley puede ser una pantomima mediática del oficialismo, un manotazo de ahogado de la oposición, o un solapada estrategia demagógica de los Kirchner. A esta altura ya me tiene sin cuidado. Quisiera que los legisladores corrijan los errores de la propuesta de unión civil y sigan adelante con el objetivo de fomentar la tolerancia e igualar los derechos. Lo único que quiero es que (una vez al menos) nuestros legisladores desoigan el clamor de la turba enardecida e ignorante que pide la hoguera para pelirrojos y mujeres epilépticas, y se haga eco de la voz de la razón y la justicia.

Un beso, un abrazo, un apretón de manos o una caricia, según corresponda.


(*) Hasta que alguien se clone a sí mismo. Va a pasar. Tarde o temprano, alguien lo va a hacer. ¿Por qué? Porque se puede. Y cuando ocurra... bueno, ese día mezclamos las cartas y repartimos de nuevo.
(**) Sobre lo normal y lo anormal, tengo pensado ocuparme dentro de poco.


Informate un poco más:
Son las noticias que encontré. No necesariamente representan mi opinión. Lo único que opino es lo que escribo.

domingo, 4 de julio de 2010

Contra el matrimonio gay y a favor de la unión civil.



Todo evoluciona; la reflexión de la semana también. Hace poco me di cuenta de que vengo perdiendo el tiempo hace rato. Un aspecto de esa pérdida de tiempo es no escribir. Y hoy me dieron ganas de escribir, así que escribo. Pero no con el tono oscuro (por necesidad) y confuso (por elección) que habitualmente disfraza lo que publico en esta gacetilla, sino en forma más personal y directa. Será que últimamente estoy más personal y directo, y menos confuso y oscuro que cuando publiqué otras cosas...

Hay dos preocupaciones notorias hoy por hoy en nuestro país. Uno es el mundial, con el que no voy a dilapidar mi tarde de domingo. El otro es el "matrimonio gay". De este último me ocuparé hoy.

Yo no soy un virtuoso de la legislación, ni un "sucio hippie", ni un "liberal progre", ni un "conservador racional". No soy un genio pero tampoco soy la gacela más lenta. El único criterio que defiendo siempre es el de abordar un problema pensando, y es así como pretendo encarar este problema.

Parecen existir dos "bandos" principales en esta disputa: quienes piensan que el matrimonio entre homosexuales está bien, y quienes piensan que está mal. El ejemplo más evidente de quienes piensan que está mal es la Iglesia. Su posición es clara: el matrimonio entre homosexuales está en contra del mandato de Dios y por lo tanto es malo. Por otro lado, los que creen que está bien en general opinan que debería permitirse porque los tiempos cambian, y la ley - como organismo vivo y en constante evolución - debe adaptarse atendiendo el reclamo social de inclusión permitiendo a las parejas homosexuales gozar de los mismos derechos que tienen las parejas heterosexuales.

Yo creo que el matrimonio tal y como está legislado actualmente no debería existir.

¿Por qué discutimos sobre el matrimonio, ya sea entre homosexuales o heterosexuales? Discutimos sobre ello exclusivamente porque está legislado. Hoy por hoy nadie - excepto los fanáticos religiosos - ponderan la validez de un matrimonio judío por sobre un matrimonio católico, por ejemplo; o de un harén árabe por sobre un harén indio (si existen tales cosas). No decimos que una religión es mejor o peor; que las mujeres deban usar pollera y no pantalón; que los hombres no pueden cocinar porque es poco masculino. La cantidad de temas sobre los que la sociedad ya no discute, porque entiende que no se puede establecer un parámetro de conducta sobre cuestiones que son exclusivas del ámbito del gusto personal, crece día a día. Pero sí nos razgamos las vestiduras discutiendo sobre la moralidad del matrimonio gay y sus consecuencias legales (la más citada, el derecho a adoptar hijos). ¿Por qué nos ocupamos de este tema? ¿Es realmente necesario dedicar los recursos del estado a hablar sobre algo que debe y siempre debió objeto de decisión puramente personal? ¿Cuál es el motivo de que algo así esté escrito en el código civil? ¿Cómo llegamos a ese punto?

Empecemos por el principio. ¿Qué significa "contraer matrimonio"? Me faltan herramientas para elaborar un estudio sobre el origen histórico del matrimonio. Pero, como dije antes, si bien no soy un genio tampoco soy la gacela más lenta. Es fácil darse cuenta de algunas cosas.

El mundo no siempre fue como es hoy. En algún momento del pasado no había ningún Estado, ninguna ley,  ninguna religión organizada. Todas estas cosas fueron surgiendo paulatinamente, gracias a milenos de evolución del hombre y las sociedades en las que vivió. En esos milenios, la religión le puso nombre a algo que quizás ya existía o quizás no: el matrimonio. Pero la religión, siendo taxativa e inflexible como es, procuró establecer que ante Dios podían unirse sólo un hombre y una mujer, y que todo lo que estuviera por fuera de eso era una abominación. La ley hereda de la religión, y a su vez la religión hereda de la sociedad, su objetivo de normar cómo deben comportarse las personas. Por lo tanto, dado que el matrimonio es parte tan importante del comportamiento de las personas en una sociedad, la ley se impone a sí misma legislarlo. ¿Pero por qué? Por el mismo motivo por el que existen todas las leyes. Para responder a la pregunta "¿Qué pasa si...?"

¿Qué pasa si uno de los cónyuges muere? ¿Quién se queda con los bienes que acumularon juntos? ¿Cómo podemos estar seguros de que eran cónyuges? ¿Qué pasa si uno de los cónyuges se quiere mudar a la Antártida a nadar con los pingüinos y el otro no? ¿Quién se queda con los hijos que hubiera tenido esa pareja? ¿Quién es el dueño de la casa donde viven: uno, el otro, o ambos? Las preguntas de la forma "¿qué pasa si...?" que es necesario hacerse para cumplir con el objetivo de la ley de organizar la sociedad son muchísimas, y todas apuntan a un "caso de borde", a algo que es necesario aclarar en forma explícita para que no queden dudas y la sociedad no se hunda en el caos.

La respuesta a estas preguntas (y las que surgen de la legislación sobre el matrimonio) no dependen en ningún caso de que en la definición de "matrimonio" se indique explícitamente que debe darse entre un hombre y una mujer. En ese pequeño detalle yace el origen del problema. En el género... y en el número.

Y voy más allá. La ley no debería hablar jamás de "matrimonio". Es un error.

Se entiende fácilmente el origen del error: esas razones históricas que nos sugieren cómo la religión, la ley y la sociedad se fueron alimentando las unas a las otras. Y habiendo sido la religión tan importante en las sociedades durante tanto tiempo, fue inevitable que algunas costumbres de raíz religiosa (o dogmas religiosos surgidos de costumbres sociales, ¿quién sabe?) se "filtraran" en la legislación. (Por si quedan dudas, les señalo que el artículo segundo de la parte primera de la Constitución Nacional dice "El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano.").

Pero si es un error que la ley hable sobre matrimonio entre hombre y mujer, ¿sobre qué debería hablar? Si de algo ha de hablar la ley, debería ser de "unión entre ciudadanos". Y se acabó. De qué género, y cuántos, debería ser irrelevante.

Imaginemos exageraciones. Imaginemos que tres personas (pongamos, por caso, dos mujeres y un hombre) deciden que quieren compartir su vida juntos. Imaginemos que cuatro personas (tres hombres y una mujer, quizás) eligieran para sus propias vidas, por el motivo que fuere y sin molestar a nadie, que quisieran llevar adelante una vida en común. Imaginemos cualquier número de personas que decida unirse (por más aborrecible o aceptable que nos parezca). Todos estos casos no estarían contemplados por el término "matrimonio", por más que se le adhiera el adjetivo "homosexual" o el adjetivo "heterosexual". ¿Por qué habría la ley de prohibirles gozar de los derechos que actualmente tiene un matrimonio?

El problema clave es que la ley pretende asignar derechos y obligaciones a una figura (el matrimonio) que define de manera inflexible como la unión legal entre un hombre y un mujer. No hay razón para legislar el matrimonio más que la de asignarle esos derechos y obligaciones. El error es mayor que el de olvidarse - o desentenderse - de que existen homosexuales en el mundo; es el de asumir que solo una pareja, una pareja de un hombre y una mujer, pueden gozar los derechos y estar sujetos a las obligaciones que hoy se otorgan a un matrimonio.

Vivimos en una época privilegiada, en la que la razón comienza a imponerse por sobre los dogmas, y podemos vislumbrar una legislación que no contenga una sola partícula de restricción sobre las decisiones personales de las personas. (Tal vez esté yo equivocado, y el oscurantismo nos esté pisando los talones).

La pregunta que hay que hacerse para esclarecer el tema - sin escandalizarse, sin reclamar la horca para nadie - es simple: ¿para qué quieren casarse dos personas, independientemente de su género? ¿Porque se aman? Falso: si se aman, se aman más allá de que un juez de paz firme un papel o no.  ¿Para cumplir con los mandatos de su religión, sea cual fuere? Posiblemente, pero para ese objetivo no necesitamos una ley. ¿Para declarar públicamente su unión, su amor eterno, la decisión que han tomado de compartir el resto de sus días (o cuantos días hayan decidido compartir)? Nuevamente, para realizar esa declaración no se requiere una ley.

Las personas deberían casarse "por civil" con el exclusivo propósito para contar con los derechos que la ley les otorga y como consecuencia aceptar someterse a las obligaciones relacionadas. Todos los demás (las esperanzas de una vida feliz, las necesidad de pruebas tangibles de compromiso, cumplirle el sueño a la abuela antes de que se muera) quedan por fuera del ámbito de competencia de la ley. El único objetivo de establecer figuras jurídidas - por ejemplo una SRL, una ONG, un matrimonio - debería ser el de otorgarles derechos y obligaciones. Nada más. Y es por eso que la figura de "matrimonio gay" es también errónea. A esta altura ya no se debería hablar de "matrimonio" sino de la mucho más adecuada "unión civil". Y la forma válida de esa unión civil debería estar completamente orientada a los derechos y obligaciones que se le pretenda otorgar.

Si el derecho a otorgar es el de "adoptar un niño", y se especifica que ese niño debe ser adoptado por un hombre y una mujer sí o sí, se está pretendiendo decir que cualquier otra forma de crianza de un niño por fuera de tener una madre y un padre es inválida. Debería prohibirse, naturalmente, el divorcio de personas que tuvieran hijos. Sin embargo, se permite. ¿Por qué? En principio, porque aún no tenemos la menor idea de qué contexto es beneficioso para el crecimiento sano de un niño. Casi diría que no sabemos siquiere qué significa "crecer sano". ¿Cuál es el criterio de sanidad? ¿Sanidad física, emocional? Es retrógrado creer que una pareja homosexual no puede criar un hijo. No porque estemos en desacuerdo o a favor de que un niño crezca en un hogar con "dos papás", como cándidamente se plantea a veces la cuestión. La verdad es que tenemos bastante poca idea de qué significa criar bien a un hijo. Si lo supiéramos, hace rato que no necesitaríamos cárceles. Tenemos alguna idea general de qué cosas hacer, y qué cosas no, pero ninguna de esas ideas generales sustenta que una pareja de homosexuales no pude desempeñar la tarea tan bien (o tan mal) como una pareja de heterosexuales. Y es igualmente engañoso suponer que una cooperativa de diez mujeres no podría cumplir la misma tarea. En última instancia, la ley que hable sobre la adopción debería estar completamente desvinculada de la figura del matrimonio. ¿Qué tiene una cosa que ver con la otra?

Si el derecho es el de conservar los bienes cuando alguno de los cónyuges muere, ¿importa si el que murió o el que lo sobrevivió es hombre o mujer? De ninguna manera. ¿Y entonces por qué la ley habla en esos términos? Simplemente porque se trasladó a esa ley una costumbre social sin pensar que esas costumbres cambian.

Los argumentos a favor de prohibir el matrimonio entre homosexuales no son malos porque pretendan establecer qué está bien o mal desde un punto de vista religioso o moral. No veo ningún problema en que la Iglesia condene la homosexualidad con el eterno castigo de un infierno incalificable. Al fin y al cabo, apoyar la libertad de acción implica aceptar que cada uno opine lo que le plazca. Pero una cuestión legal debe abordarse con argumentos legales, y el "matrimonio gay" es una cuestión meramente legal.

En resumen:
  • La actual legislación está teñida por usos y costumbres de la sociedad (lo cual es perfectamente entendible) y por evaluaciones morales dictadas en por la religión (entendibles pero criticables).
  • Hoy deberíamos estar en condiciones de desacoplar nuestra legislación de esos lineamientos morales que pretenden pautar decisiones de los ciudadanos, decisiones que en la realidad sólo tienen efectos en sus vidas privadas y deberían estar excluidas de una normativa legal.
  • La discusión sobre el matrimonio homosexual tal y como está planteada yerra la única cuestión de fondo que me parece discutible en la sociedad moderna y en el ámbito del Poder Legislativo: ¿por qué la ley debería prescribir qué tipos de uniones entre personas son válidas según ciertos parámetros (por ejemplo, el género de los individuos constituyentes de esa unión, o su número, o su altura, o su color de pelo, o sus gustos musicales, etcétera), teniendo en cuenta que el objetivo de definir y normar esas uniones es otorgarles derechos y asignarles obligaciones, que en rigor no están relacionados de ninguna manera con esos parámetros?

Como último comentario, estoy completamente de acuerdo con quienes dicen en que este tema no tiene absolutamente ninguna urgencia, pero por motivos tal vez distintos. El objetivo de ellos es barrer esta discusión bajo la alfombra. El mío es que entiendo que esta discusión se usa como excusa para barrer bajo esa misma alfombra otros más graves, más primarios . Y voy a poner un ejemplo que es absolutamente indiscutible: mientras exista un solo chico que viva en la calle, todos nosotros (homosexuales, heterosexuales, metrosexuales, asexuales, eunucos, vírgenes, masturbadores compulsivos, partidarios del sadomasoquismo, opinólogos de la sexualidad ajena) deberíamos sentirnos embargados por una indignación y una furia ciudadana tales que no deberíamos permitir que ninguna institución gubernamental abordara ningún otro problema hasta que no se resolviera éste.

Pero sobre el tema de las prioridades de las organizaciones de gobierno me explayaré en otra oportunidad...


Un beso, un abrazo, un apretón de manos o una caricia, según corresponda.

lunes, 4 de enero de 2010

Adiós, Gitano querido

Ocurren en la naturaleza fenómenos que se repiten incansablemente. Desde hace eones, ciclos imperturbables marcan el ritmo ineludible de la existencia. Describiendo un patrón fractal, se evidencian tanto a escala cósmica como infinitesimal. Principio y fin, creación y destrucción, nacimiento y muerte: sean tal vez éstos los más notorios y a la vez los más habituales.

Una bacteria, un pez, el óceano en el que éste nada, el planeta que contiene el océano, la estrella que ilumina el planeta, la galaxia en la que la estrella se afana en revoluciones ígneas, el universo mismo: todo es creado y eventualmente destruido. Cada nacimiento viene signado por la irrefutable certeza de una muerte. Cada muerte señala el camino para el nacimiento de algo nuevo. Toda rebelión es fútil, pues no hay escape posible. La materia se degrada para luego ya no ser más. La energía se agota, se rinde siempre ante la oscuridad. La entropía es el único amo.

La muerte es el límite más claro que tenemos para regir cualquier medida, para describir cualquier condición, para planificar cualquier actividad. No hay caminos con recodos más allá del umbral final. Nadie pospone alegrías para aquel día en que ya no sea.

Si esta conclusión infranqueable está tan íntimamente unida a la condición de ser, si la experiencia nos demuestra que todo lo que es habrá algún día de trocarse en otra cosa, muriendo para no ser ya aquello que era, si vemos que esto esto ocurre una y otra vez, afectando a todo y a todos por igual, sin discriminación ni misericordia ni odio ni empecinamiento, ¿por qué sentimos que la muerte es una tragedia?

No siempre la culminación de algo nos produce horror. Sólo nos emociona el fin de aquello que es único, que no se repetirá jamás en toda la vastedad del tiempo y el espacio. Nos atormenta entender que una persona o una cosa determinadas nos dejarán para siempre, y que la comunión que con ellos teníamos no podrá reproducirse nunca más, que lo único que nos quedará como consuelo será el recuerdo que de ellos tenemos.

La única desaparición que conmueve es la de aquello que fue único.

Todo perece, pero algunas muertes son mitigadas por lo sencillo que resulta sustituir lo desaparecido por una copia que ocupará exactamente el mismo lugar en nuestra consideración. ¿Se rompe un vaso? A la basura y ya. ¿Has perdido tu llave? Pues el cerrajero no te devolverá la misma llave, pero te dará una exactamente igual, y no llorarás una sola lágrima por la llave perdida. ¿Te vistes de luto por el asesinato de un pollo para alimentarte? Por supuesto que no.

Sin embargo, cuando a través de darle relevancia a algunas cosas en nuestra vida, éstas se hacen únicas para nosotros y una copia no es un sustituto aceptable, entonces tememos la desaparición de esa cosa.

El temor a la muerte es la consecuencia de conocer lo irremplazable que será algo una vez desaparecido.

Por eso nos dice el poeta que cuando un amigo se va, queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro amigo. Por eso caemos de rodillas cuando se quiebra un amor. Pueden quedar recuerdos maravillosos. Podemos saber que el destino pondrá en nuestro camino un nuevo amor, equivalente o mejor. Pero ese amor ya se ha ido. Es por eso que cuando un ser querido fallece nos embarga una desazón que nos conmueve hasta las lágrimas.

Todo lo hacemos para evitar este dolor. Luchamos con todas nuestras fuerzas para conservar aquello que creemos nunca podrá ser reemplazado. Fingimos olvidar que el final habrá de llegar algún día. Inventamos continuaciones mágicas, para restar importancia a ese final. Si la esencia de una persona, aquello que la hace única e irrepetible, no hay de desaparecer; si hay una continuación para el alma, ¿a qué sufrir?

Pero el hombre insiste. Su porfiada rebelión ante la muerte, su esperanza ciega en la continuación de la existencia, lo hace único entre otros seres. La unicidad de esta esencia es lo que nos hace especiales; sin ella, la muerte de ninguno de nosotros sería trágica. Cualquier deceso sería comparable a la extinción de una vela con la brisa irrefrenable del tiempo.

Al sufrir por la muerte de nuestros congéneres honramos la escencia de nuestra especie.

Desde esta esquina de reflexión te decimos adiós, Gitano querido, transeúnte habitual de la vereda de luz.


Un beso, un abrazo, una caricia o un apretón de manos, según corresponda

lunes, 14 de septiembre de 2009

Sobre el sufragio

Al principio fue la opresión y la oscuridad. Las monarquías y los imperios. La sangre azul y nosotros. Las ideas del pueblo se restringían a la intimidad, a murmullos escondidos con olor a subversión ante el distinguido olfato oficial. Las reverencias y alabanzas brillaban con hipócrita fulgor en los ojos de los súbditos al pasear reyes y magistrados sus coronas de oro entre la dignidad vestida de arado y hambre, al tiempo que sus corazones latían desesperanza a sus músculos y voluntades con espasmos de resignación. El único derecho era el de servir y honrar a otro.

La historia fue escrita con la sangre de los mártires que entregaron sus vidas por anhelos ajenos. Ambiciones precarias y grises marcaron la intensidad de sus miserias, y la opulencia de palacios y adornos era complemento natural de la carencia de los oprimidos. Durante miles de años respiraron un único deseo las bocas sedientas de millones de esclavos, campesinos, indigentes, enfermos, moribundos. Un único deseo que era llaga y esperanza, dolor y ansia eterna de libertad.

Pero la revolución triunfó al fin. Los oprimidos vencieron al dragón con guijarros y ramas, con ideas y con voluntad, con sangre y miseria. Decidieron su futuro por fin, y establecieron las normas primeras: democracia y libertad.

La fórmula fue válida y genial. Los textos se inflaron de derechos adquiridos; los ciudadanos - otrora súbditos, esclavos - aceptaron sus obligaciones con el orgullo de sus heridas ante la posteridad. La magia fue posible durante un día, dos, tres. Luego un mes cayó del calendario y la revolución no fue lo fue ya, y se denominó a sí misma gobierno. Los años se pisotearon y la realidad brillaba de constituciones republicanas.

Pero los Otros volvieron a encontrar la forma de erguirse, de tapar su pestilencia y hacernos creer que era la dulce fragancia de la verdad. Esta vez dejaron de lado la careta de faraón y se disfrazaron de industria, de calidad de vida, de capitalismo. No informaron amablemente acerca de una increíble cantidad de artefactos que debíamos adquirir cuanto antes para avanzar. Sin preguntarnos hacia dónde necesitábamos avanzar de forma tan urgente, ahorramos el fruto de nuestras horas y pagamos lo que pudimos. Pero resultó ser que no era suficiente, que el futuro era más caro que las estimaciones primeras; pensamos que era una lástima, y que no nos quedaba otra más que seguir siendo simples y cercanos a la vida. Fue entonces cuando ellos nos presentaron una solución; se vistieron de camisa y corbata y nos introdujeron al mágico mundo del debe y el haber, del interés compuesto y de la hipoteca.

Nos prestaron su dinero para que pudiéramos comprar artimañas cuya única finalidad era facilitarnos el pago de los intereses de tanta amabilidad; y nosotros, distraídos entre firma y firma por la magnificencia de dispositivos tan milagrosos como inútiles, olvidamos la esencia de aquel trato. Pronto fuimos súbditos otra vez. Los palacios eran ahora verticales orgullos de cristal, y las cadenas que nos ataban, contratos y libros contables.

Una verdad nos mantenía en pie; una verdad nos daba esperanzas: el derecho más grande que pudiéramos tener; el derecho que habíamos ganado a fuerza de guerras y muerte. La democracia parecía escudarnos de todo mal, de todo abuso. Y cada vez que votábamos creíamos estar vejando a todos esos atorrantes que querían venir a robarnos nuestra alegría junto con las joyas de la abuela y los enanos del jardín.

Pero ellos ya estaban ahí, también. Ellos ya llevaban certificados oficiales en sus bolsillos, ya podían estacionar en cualquier parte, ya podían hacer lo que quisieran.

Y cuando nos dimos cuenta, quisimos votar. Votar en contra de ellos, votar a cualquiera menos a ellos, a los Otros. Y vimos que en cada boleta había un nombre extraño, un nombre ajeno, un nombre que no era de ningún vecino. El cuarto oscuro fue un poco más lúgubre ese día, perdiendo toda su identidad como santuario de la libertad.

Nuevamente la revolución aleteó en el corazón del pueblo. Estando los términos de la lucha restringidos a un ámbito pavimentado sobre las bases de la equidad, los derechos adquiridos y la libertad de opinión, la batalla fue en los comicios; nuestras armas, el voto en blanco, el voto impugnado, el voto como grito de indignación y bronca. Sonriendo, ellos se acomodaron en sus sillones oficiales y siguieron jugando al truco. Conocedores de una verdad eterna, vaciaron la botella de whisky y nos hicieron pagar la cuenta con el impuesto al caramelo.

Mientras se jugaban nuestro futuro en un falta envido, pensaban en los ciclos del mundo, en generaciones de esclavos que habían roto sus cadenas. Pensaron en los nietos de esos esclavos que, a fuerza de renegar del derecho magnánimo y superior que habían heredado, se habían encadenado a sí mismos. Sonriendo, siempre sonriendo en la sombra, volvieron a repartirse las cartas que habían debido perder durante un par de décadas, para poder apoderarse de todo el mazo al fin.

Y nosotros, navegando en encuestas y tendencias, rencorosos del vecino y la familia, quebrados y secos de voluntad, sólo supimos seguir empujando la rueda.


Un beso, un abrazo, una caricia o un apretón de manos, según corresponda

viernes, 14 de agosto de 2009

Teoría general de las personas (parte tercera)

Gacetillas y panfletos:

Ha visto el mundo épocas más oscuras que ésta que nos toca vivir. Medimos la intensidad de esa oscuridad a través de métricas que están indefectiblemente unidas a nuestro presente. Nuestras nociones sobre la ética y la moral, el bien y el mal, el deber y los derechos, la justicia y el crimen, no son universales e inmutables. Nacen, crecen y mueren junto al lento devenir de la historia humana, de manera tal que lo que hoy es un derecho impertubable como las montañas, mañana habrá de ser un crimen que ni el más vil de los hombres se atreverá a cometer.

Cómodamente establecidos hoy en el futuro que ayer tratábamos de adivinar, podemos identificar qué circunstancias han cambiado desde los remotos siglos en que el hombre creyó prudente registrar los aconteceres cotidianos para deleite de sus descendientes. En ocasiones nos maravillamos por la majestuosidad de obras que han fraguado en las arcillas inconstantes del tiempo, como firmes testimonios de la capacidad creadora de hombres grandes. Otras, nos indignamos ante horrores que desafían la comprensión del alma piadosa, sin poder entender cómo pudieron las estrellas permitir afrentas tales a todo sentido y razón.

El consenso general parece ser que la humanidad está hoy mejor que lo que estuvo ayer, a pesar de que un breve análisis de la realidad nos sugiera que por cada avance hubo un retroceso, por cada éxito genial una lamentable derrota.

Como siempre, hoy desafiaremos una idea con análisis parabólicos y conclusiones tangenciales. Erigiremos alguna conclusión apresurada y huiremos despavoridos ente la primera sombra de antagonismo. Hablaremos sobre uno de los pilares de la sociedades contemporáneas, uno de los preceptos más básicos forjados tanto en constituciones de repúblicas como en reglamentos de consorcios y en estatutos de centros de estudiantes: el derecho de las personas a tener ideas propias, aún cuando esas ideas estén con conflicto con las de otros. Generalizando aún más: el derecho a ser diferentes con respecto a casi cualquier adjetivación a la que pueda ser sujeto un hombre.

Altos y petisos; gordos y atléticos; inteligentes e idiotas; sensibles y rústicos; capaces e ineptos; homosexuales, heterosexuales y asexuados; apáticos y simpáticos; lúgubres y divertidos; sosegados e hiperactivos; revolucionarios y mediocres; incisivos y conciliadores; brutos y afables; judíos, budistas, cristianos o adoradores del Chupacabras; locuaces y escuetos. Todos gozamos - al menos formalmente - de libertad de voto, expresión, culto y tránsito. Todos podemos vestir las ropas que queramos, escuchar la música que nos resulte más suave, leer los libros que se nos antoje, juntarnos con quien nos plazca, irnos cuando algo nos disgusta, plantarnos cuando nos consideramos víctimas de la injusticia, o no hacer ninguna de estas cosas si queremos deslizarnos por la vida como gusanos y perdernos en la niebla final sin dejar rastros.

Nacemos en blanco, un tapiz baldío sobre el que nosotros mismos hemos de dibujar la persona que queremos ser. Nadie debe juzgar tus colores, amigo. Tú no puedes juzgar los ajenos. No hay combinación inaceptable, pues todos los arcoiris están permitidos. No hay molde ni regla. Todo es válido en este mundo sin fronteras ni escrúpulos. Es proscrito quien, puesto frente a alguna cualidad de un vecino que halla inapropiada o desagradable, tiene la mala fortuna de abrir la boca y expresar su desacuerdo. Porque ¡oh caramba! ¿cómo habría uno de no aceptar al prójimo tal y como viene, con sus fortalezas pero también sus defectos, sus aciertos y sus pequeñas vilezas?

Es curiosa la progresión que siguen ciertos transeúntes de verdadas nubladas, quienes se escandalizan ante la menor crítica. Se abrazan a la noble idea de defender la diversidad y abrazar la aceptación, de no doblegarse ante la intolerancia. Comienzan: "¿Quién se cree usted que es, caballero, para desaprobar el peinado de mi cuñado?", "¿a quién le ha ganado usted, señorita, para reirse de mis zapatos?". ¡Si tan solo se detuvieran ahí! Pero no; está en la naturaleza del hombre conducir al enemigo a la máxima humillación. Continúan: "Usted es un salvaje, un prepotente. ¡La intolerancia también es violencia!" Claro que sí, pero qué fácil es trocar la efervescencia en pasión; y qué sencillo que la pasión se desboque, eclipsando la razón. Terminan: "¡Mejor mándese a mudar, intolerante de cuarta! ¡¡El mundo está como está por hijos de mala madre como usted!! ¡¡AGÁRRENME, AGÁRRENME QUE LO MATO!!"

Con sutil alquimia, el ofendido convierte su lucha contra la xenofobia en un ejemplo perfecto de contradicción, pues ataca una opinión diferente a la suya esgrimiendo el argumento de que las opiniones no se condenan, por distintas que sean. Poco importa aquí cómo valore cada uno la opinión refutada. Lo que sorprende es la falta de coherencia. Es irrelevante que el otro sea un canalla, porque la contradicción se mantiene.

Hemos reflexionado sobre el conflicto entre los hombres, suponiendo que acaso sea inevitable, y que tal inevitabilidad sea quizás deseable. Hemos ponderado los momentos en los algunas personas toman un conjunto de criterios para evaluar a sus semejantes; pero cuando deben evaluarse a sí mismos, mutan esos criterios o los abandonan por otros nuevos, ya por inoperancia, ya porque experimentar el objeto bajo juicio es condición necesaria para juzgarlo. Decimos hoy que aquí y allá, en salas pobladas por gente entendida o por zopencos, se da un curioso caso de conflicto. Un hombre critica a otro. El primero siente (tal vez con certeza) que su libertad de elección está siendo ofendida a través de esa crítica. Evalúa que algo debe hacer para poner a su interlocutor en vereda y - he aquí su error - el arma que usa es acribillar la libertad de su oponente, invalidando en ese mismo acto su propia libertad.

El problema excede la espiral semántica; se refiere a la forma en que afrontamos situaciones de conflicto y los elementos que utilizamos para resolverlos.

Por supuesto, no debemos descartar factores de índole práctico; no pretendemos modelar a un hombe con una máquina de Turing colosal, que nunca se desvía del programa preestablecido. Más habitualmente de lo que sería deseable se encuentra uno con miserables que no tienen ningún escrúpulo en socavar toda construcción social para alimentar su cinismo y su sensación de autosuficiencia. Se enajena uno ante estos individuos. Con ciertos imbéciles no puede razonar el hombre sensible, y encuentra que su arsenal de buenos modales y razonamientos impolutos no le alcanzan para superar los volcanes de indignación que presionan contra su pecho. En el afán de resolver una injusticia comete la torpeza de caer en otra, si bien menor en gravedad, y en esa diferencia podemos hallar lugar para la disculpa.

Pero otros (¡ay, siempre los Otros!), enceguecidos por el estupor de hallarse ante una situación de conflicto, parecen cesar toda actividad cognitiva perceptible y se arrojan sin paracaídas al abismo de la incoherencia. Constituyen una liga que insiste en defender sus derechos a capa y espada. Aciertan en que la defensa de esos derechos debe ser inexorable y perenee, pero yerran al elegir el arma: su espada tiene dos filos, y el más agudo apunta siempre hacia adentro.

El concepto de libertad no puede referirse al individuo aislado, independizado por completo de la sociedad. Tal individuo no existe. De existir, la palabra "libertad" no tendría significado para él, como tampoco lo tendrían sus antónimos: opresión, persecución, cautiverio. Por lo tanto, debe ser definida en función de la relación que existe entre los individuos sobre los que versa. Y toda relación tiene, al menos, dos extremos. Si al definir uno de los aspectos de la libertad sólo consideramos un extremo (en este caso, el derecho de cada uno a tener sus propias opiniones) olvidando el otro (la consecuencia natural del primero: que casi forzosamente habrá alguien con una opinión distinta), entonces la definición está amputada.

La frase "cada uno tiene derecho a ser como es" es correcta, pero también sutilmente confusa. Sin más aclaraciones, hace creer al desatento que su libertad es infinita e ilimitada: una clara imposibilidad. Los límites de la libertad están implícitos en el concepto que representa. La relación entre los hombres no puede implicar jamás que cada uno haga lo que quiera, de la manera que se le antoje, en el momento que se le ocurra. Si se cruzaran dos personas con intenciones contrapuestas, ¿cuál de las dos debería poder ejecutar la suya? ¿Ambas? La contraposición implica que no es posible. ¿Ninguna, entonces? ¡Entonces no son libres!

Esto no significa que la libertad no exista; significa que la palabra se refiere a otra cosa: al concepto que define las cosas que uno puede hacer, y por extensión aquellas que no puede hacer para permitir a sus congéneres hacer las primeras. Podemos decir incluso que en el concepto de libertad es más importante establecer ese límite de manera satisfactoria que enumerar las acciones que permite.

La posibilidad de cada uno de albergar las ideas y gustos y preferencias que quiera, entonces, debe por fuerza estar limitada, dando lugar a que otros gocen del mismo derecho.

La detección del disentimiento no debería disparar una automática condena del antagonista; más bien, debería llamarnos a la reflexión, a la argumentación a favor o en contra, a la búsqueda de terrenos en común. En última instancia, si esos territorios no existieren, a una afable declaración de insolubilidad. Pero nunca jamás debería uno pedir la horca para aquel que se declara en desacuerdo.

Si hoy pides ejecución sumaria para un imbécil, amigo, no te sorprendas si mañana el imbecil eres tú, y el coro reclama para tí el cadalso.


Un beso, un abrazo, un apretón de manos o una caricia, según corresponda.